Teatro

 

 

Textos rescatados

Este monólogo dramático me vino a la imaginación en el autobús de vuelta desde Madrid, donde había acudido para recuperar los ejemplares que presenté al Premio Lope de Vega de Teatro, y que aquel año dejaron desierto. Había enviado –en una apuesta final– los tres dramas que tenía escritos: “Felipe II”, “El pastelero de Madrigal” y “Antonio Pérez”; y fue la ocasión en que el jurado –que llegó a premio servido, al parecer– no se había molestado en retirar las notas del informe del preselector, o “juez en la sombra”. Me llegaron enteras; y sustanciosas, para conocer los criterios que empleaban para determinar la calidad. Aparte de juicios sobre la veracidad histórica de los hechos –algo fuera de lugar–, y su “transcendencia histórica” (¿se puede exigir a una obra de ficción?), se apuntaba, como defecto sustancial, ciertas rimas asonantes –“el medio verso”– que podían percibirse en la disposición de algunas elocuciones. ¿Y si se tratase de algo intencionado: un lenguaje que habría de sonar rotundo sobre el escenario? Resumía en la nota última: “Si no entronca con alguna realidad actual, ¿qué sentido tiene la obra?”

Sería necesario explicar a este buen señor que no existe otra realidad más actual que la eterna de los conflictos humanos; los sentimientos, ideas, y emociones básicas que han modelado –y seguirán modelando–, nuestra existir. Lo actual, será obsoleto en un par de años.

Ni una nota sobre la caracterización de los personajes, ni la construcción dramática, elementos fundamentales en cualquier drama. Al parecer, se pierden –o perdían– en nimiedades y en la caza de faltas que anotar. Incluso se permitían el lujo de insultar sobre el propio texto con notas a bolígrafo: a propósito de la metáfora “No pongáis miel en mis oídos” (digáis palabras halagüeñas), escribe “¿Y cómo lo hace?” Estábamos en los noventa –ayer–. Conservo el ejemplar.

Llevado del mal humor, y aguijoneado por el aburrimiento de un viaje invernal en autobús, salió esta confesión de fe en el teatro:

 

“¿Y si alguien necesitase el dinero?”

Monólogo dramático, a propósito del último Premio Lope de Vega de Teatro (1992)

Sí, sí… Nosotros también concursamos por dinero… ¿El teatro…? ¡Almas de Dios! Una excusa, nada más; un recurso como otro cualquiera… Miren. Así de fácil… Se coge a cuatro individuos por ahí; se les pone en un ring de cuatro cuerdas; se apagan las luces; se les da la señal; y a esperar… A que se digan… A que se azucen… A que se insulten y se peguen… ¡A que clamen al cielo y a que invoquen al que habita en lo profundo de la tierra! (Cambio de tono, íntimo) O también… Se les pone un corazón de colorete, y se espera a que se digan cosas tontas; que se hagan caricias; que se besen; que se quieran… Que se digan cosas como: “¡Desgraciado! ¡Más te valiera no saber quién eres!” … o “¿Queréis venir al lecho, mi señor?”… o “¡Padrino, no me pierda!”… Bueno… Fuimos al Lope de Vega porque era premio sustancioso, y hay tan poca gente que entienda de teatro –otra cosa es “que sepan”– que, a lo mejor, para quedar bien y no bajar a menudencias, se lo concedían… a mí… o a ti; a ti y a mí; o lo repartían entre todos, porque… ¿quién escribe teatro en esta tierra…? No seremos más de tres… Tal vez, cuatro…  A lo sumo, suma-sumando, no pasaremos  de treinta… (Pausa) Pero, ¡ay…! Esta vez, la erramos, ¡almas cándidas las nuestras!… No hemos sido tres ni treinta, ni tres veces treinta ni dos veces sesenta… “¡Friolera..!” Alguien llegó tarde porque si no, bien vamos más allá de ciento treinta… (Con un punto de emoción) ¡Ciento treinta plumas, oigan..! Lloros, llantos, canciones, risas y sonrisas… Adioses para hoy; adioses para siempre… Sangre, tal vez… También brindis por ti y por mí; por el hoy, por el mañana; y por cosas que apenas tienen nombre… (Silencio) Lo-han-dejado-desierto. Así… (Con vehemencia) ¿Se imaginan una losa de ciento treinta kilos de silencio…?  ¡Y el Teatro Español, dispuesto a estrenar la obra ganadora…! Pues, esta vez también, el teatro español se quedará sin aire fresco… (Con emoción) ¡No habrá tablas ni luces para nuevos lloros y llantos, canciones, risas y sonrisas…! No habrá voces… No habrá ecos… (Cambio brusco de tono, con sarcasmo) ¿Y los dos millones, eh…? ¡A saber dónde andarán…! (Con furia) ¡Ganas dan de coger “un puñal desnudo” y romper las cuatro cuerdas! ¡Que cada nombre se vaya a vivir y morir en el hueco de su alcoba! Ya nadie le podrá escuchar, y nadie le podrá decir: “¡Eh! ¡Yo también amo!”, “¡Yo también espero y desespero…!” ,”¡Yo también soy enemigo del silencio!” (Fuera de sí) ¡Partir la pluma en dos…! ¡Eso es! ¡Eso…! (Silencio) ¡De buena gana…! (Con emoción) Pero… ¿quién es capaz de detener a una pluma cuando ha descubierto su danza…? (Pausa larga) Atravesaremos el desierto que han puesto a nuestro pies… Y volveremos; ¡vaya si volveremos…! Con nuevos lloros y llantos, canciones, risas y sonrisas… Los jurados pasan; las obras quedan… Es más: se reproducen y engordan; a cada cual más buena. (Pausa larga) Tal vez la salud del teatro español exija dejar los premios desiertos. (Con rabia) Pero… ¿el dinero…?, ¿enterrarlo –sin más– bajo las arenas… de “un desierto”? ¡Buenos tiempos…! ¿Y si alguien lo necesita…? ¿Y si alguien ha venido a buscarlo para tapar algún que otro agujero…? ¿Andar…? ¡No andará muy lejos, digo yo…! Recupérenlo y dénselo a alguien…  A mí… y a mí; aunque… merecer… merecer…  lo merezcan todos. (Telón)