Novela

Principios de una estética literaria: poética

Para la presentación de mi última novela “DORA”, redacté un texto que, al tiempo que explicaba la génesis de la novela, exponía mi credo artístico. Supuestos éstos que iré desgranado aquí para la comprensión de mi escritura, o como propuesta estética para quienes quieran acercarse a la creación literaria desde lo que –entiendo– esencias; convicciones esenciales.

 

PRESENTACIÓN DE LA NOVELA “DORA”

Sala Polisón del Teatro Principal

(Burgos)

16 de diciembre de 2011

Buenas tardes.

Tal vez comience por donde una persona que escribe no ha de hacerlo, pero es obligado decir que esta novela surgió como mi despedida de la literatura. Hay otras artes que reclaman mi tiempo.

Son muchos años dedicados a este afán –a ratos (eternos)– en los que las compensaciones han sido pocas, y las decepciones muchas. Tal vez no haya hecho lo suficiente –hoy diríamos “lo imposible”– por dar a conocer “estas hijas de mi entendimiento” para que la gente pudiera disfrutarlas y hacerlas propias.

¿Y por qué mis obras habrían de ser conocidas? En razón de que –en la medida de mis capacidades– han sido compuestas para compartirlas con los demás para su disfrute y aleccionamiento. Si una función pudiera exigírsele a la literatura –más allá de  exploración de la naturaleza humana para devenir “espejo en el que mirarse” (Shakespeare)–, sería aquella de educar: en el sentimiento; en el pensamiento también; en el buen gusto, por descontado; sin olvidar la lengua, cuyo uso en muchas “literaturas” de hoy ha caído hasta límites próximos a la ramplonería.

Sí, una persona que escribe contrae el compromiso de enriquecer el lenguaje, darle mayor flexibilidad –o nuevas flexibilidades–, poner en circulación palabras que están cayendo en desuso, cuando no son avasalladas por términos foráneos que las desfiguran. El verbo “remarcar”, por ejemplo, (del inglés “remark”), en vez de “subrayar”; el adjetivo “excitante” (del inglés “exciting”) que tiene en castellano e inglés significados muy distintos.

No pensaba escribir más, por ello, como despedida, debía ofrecer algo singular en lo que verter mi mundo: lo que pensaba de Dios, la muerte, el paso del tiempo, las relaciones humanas… Y cómo no: el amor, el arte, la belleza…

Hacía tiempo que quería crear el personaje de una mujer, desde dentro. Meterme en la conciencia y sensibilidad de una mujer para viajar después a través de situaciones en las que ella habría de dar la talla de su envergadura humana.

Inventar una mujer es el gran reto para el escritor. Lo mismo que, para una escritora, debiera ser crear un hombre. Pero abunda el caso contrario: Flaubert con su Emma Bobary; Tolstoy con Anna Karenina; Leopoldo Alas, “Clarín”, con nuestra Ana Ozores… Ejemplos mayores, sin duda, pero que no harían sombra a otros menos notorios.

Quería verter en la novela todo lo que sabía y he podido intuir sobre ellas, y luego aventurarme a los descubrimientos que me proporcionaría el convivir con la protagonista.

Mi escritura está poblada de mujeres; fenómeno que no percibí hasta mucho tiempo después de comenzar a escribir. Son ellas las que mueven la historia, y en cuanto tales, la padecen como nadie. Por eso, el teatro de base histórica ha sido uno de mis apacentamientos. Mujeres delicadas, tiernas, calladas, pero duras como el acero: una Isabel de Valois –esposa de Felipe II; una Blanca de Borbón –esposa de Don Pedro, “el cruel”; María de Padilla, –su amante–; Ana de Austria, monja, hija natural de Don Juan… O esas otras recias y orgullosas, capaces de retar al hombre más ufano: Ana de Mendoza –Princesa de Éboli–; Matilde –hermana de Fray Miguel dos Santos–; Juana Coello –mujer de Antonio Pérez–. Y otra más: María de Portugal –madre de Don Pedro–, personaje ante el que, en el momento de poner punto final a su papel, quedé asombrado de que me hubiera salido tan redonda. Una inmensa mujer, que podía pasar, en instantes, del cariño más tierno de madre a la ira mas feroz. A ver si hay suerte, y la vemos un día sobre las tablas.

Quería crear una mujer e insertarla en una historia de amor. Y esa historia de amor contaría con un final feliz: hartos mensajes negativos hay en la literatura contemporánea. Quería afirmar que las cosas son posibles, y si se tiene fe, secundada por el tesón, no hay muro que no caiga o se desmorone, al fin.

Hace unos años leí un libro de entrevistas (“Hombres y Mujeres”) entre una intelectual francesa, Françoise Giroud, y Bernard-Henri Lévy –otro intelectual–, en el que aquella lamentaba que no se escribieran ya novelas de amor; y yo me dije: “¿Cómo que no? ¡Ahí va una!” Pensé, incluso, en dedicársela, pero tendría que pedirle permiso y esas cosas… Murió, un año después.

He de decir que soy un incondicional de Jane Austen (“Orgullo y Prejuicio”, “Sentido y Sensibilidad”, “Emma (mi preferida)” –de ningún otro autor se han hecho tantas versiones cinematográficas–. Y me pregunté: ¿por qué no he de dar a la novela un final feliz, a su estilo? ¿A cuento de qué ha de desmerecer una obra en la que las cosas acaben bien? (En literatura, hay mucho masoquismo)

Por desgracia, el final feliz no es frecuente en la vida real; pero entiendo que uno de los cometidos de la literatura es mandar mensajes positivos y abrir caminos a la esperanza. Por algo Jane Austen es la escritora más leída en inglés, si exceptuamos, tal vez, Shakespeare… Y no solo por mujeres –todas sus protagonistas son femeninas–, sino por hombres también, seducidos por esa magia que emana de sus historias… Diré que su tumba cuenta, de continuo, con flores frescas… Leer a Jane Austen es ver cómo se puede hacer literatura –crear belleza– de la vida corriente y gris, pero alentada por pequeñas ilusiones, esperanzas; contrariedades, también…

Y para rematar la historia –y  en un nuevo guiño a Jane Austen– quería hacer boda: en la Catedral… O en las escaleras del Sarmental, como sucede con otra boda en la novela; ésta –sospechosamente– “sacrílega”.

Pero el paso definitivo para escribir la historia habría de darlo una circunstancia casual, como tantas veces. Yo acostumbraba –cuando vivían mis padres y veníamos a celebrar el fin de año–, a pasearme el día de Año Nuevo, a primera hora de la mañana, por los paseos y monumentos históricos de la ciudad, acabando en la catedral.

Caminaba yo por la calle de Vitoria, embebido en mis pensamientos –supongo–, cuando advertí, de pronto, que, un trecho delante de mí, marchaba una mujer con pasos zigzagueantes. Estaba bebida.

El descubrimiento me intrigó de tal manera que la seguí a distancia. Hasta que, temiendo que advirtiera mi presencia, decidí adelantarla. En ese momento, me dirigió la mirada –o “nuestras miradas se encontraron”, en el decir de la novela–, y advertí una expresión como si temiese la presencia de alguien. Me replicó con una media sonrisa, que –en el texto– “quiso ser cortés”. Al poco, oí que alguien la llamaba, pero yo ya me había alejado, dejándola atrás, y para siempre… O no. Porque, al punto, adquiría forma de una nueva mujer en el personaje que nos ha traído hasta aquí.

La imaginación, que no descansa –ni respeta fiestas que guardar– al punto, se puso a atar cabos, encajar piezas, y poner en marcha engranajes para montarse una historia.

Era la mujer que buscaba, y en el marco que hacía tiempo rondaba por mi cabeza sin desvelarse al completo: la ciudad de Burgos, a la que quería rendir un homenaje; hacer de ella una ciudad literaria –asociada a ficciones– , en la medida de mis esfuerzos. A esa mujer desconocida, dedico la novela… Fue ella quien –quizás a su pesar– la puso en marcha.

Una vez de vuelta en casa, me dije: “¡Manos a ello!”, y escribí la primera página de un tirón que, al poco, dejé ahí aparcada, consciente del trabajo que quedaba por delante. Habría de desarrollarse a lo largo de un año, y sería necesario transferir a la página “esa pulsación de la vida que pasa”, que yo percibo en Tolstoy; como el calor sofocante en el Quijote y el sonar cansino de los cascos de las dos cabalgaduras.

A los dos meses, volví a lo escrito; y al año y medio, un nuevo alto: la clásica crisis literario-existencial de que “esto no marcha; además, me está saliendo fatal; y ¡puñetera lengua el castellano, no hay quién le saque música!; y ¡ese acento endemoniado que me está rompiendo el ritmo de la frase…!”

Unos meses más tarde, uno vuelve porque ha adquirido un compromiso con los personajes y comienzan a darle la tabarra de que quieren seguir adelante, y “¡a ver qué pasa…!” Así, hasta que llega el punto final; momento en el que –sorprendido– vi cómo los personajes salían a saludar desde un escenario: ¡El teatro!

Uno enmudece, y siente el impulso de dar un abrazo de despedida a cada uno; a Cristina, el personaje en el que más me he recreado en una bella historia de amor: el cariño incondicional entre un tío y una sobrina que lo admira. Una curiosidad: está basada en la experiencia de una alumna mía que acababa de perder al tío que adoraba. Me lo contó en el ensayo de un examen de inglés… Creo que tenía por título “Someone to love” (“alguien a quien amar”)… No podemos evitar que la gente nos cuente historias.

De la novela en sí, no quisiera contar nada, pero si hablar –con brevedad– de mi “credo artístico”, o de cómo me he planteado la novela.

Si no hay personajes, no hay novela, no hay vida. Sin personajes que cuenten con su carácter, entendimiento del mundo, y lenguaje característico, una ficción no respira. Por eso entiendo este arte en términos clásicos: que la vida pulule alrededor. Y para ello he vuelto a dos de mis devociones: Cervantes –“¡con qué gracia hace hablar a las mujeres!”–, y Tolstoy, en el empeño de casar a un eslavo con una manchega; dígase –con perdones– don Miguel, puesto de tiros largos. Así, la estructura estaría inspirada en Tolstoy, precisamente en “Ana Karenina”, y el lenguaje –en parte, al menos– en “Aquél de la Mancha”,  más el estilo que haya desarrollado uno a lo largo del tiempo.

La función del arte –como reseñé un día– es crear vida poética que entretenga y aleccione. La literatura es poca cosa si entretiene y no alecciona, –y peor– si alecciona, pero aburre. Nunca entenderé esos “bloques de papel” en los que, al final, no se dice nada, o muy poquita cosa; con unos personajes planos, que, a lo más, cuentan con un nombre original. ¡Y se llega a docenas de ediciones! Pregúntense, después de leer esos cientos de páginas, qué sé yo de esos personajes, y la manera en que he podido leer en ellos mi vida. Una mayoría les aparecerán huecos. El gran arte –para resumir– es aquel capaz de, con un brochazo, golpe de timbal, o metáfora, generar vida, ya se trate de Van Gogh, Rembrandt, Cervantes, o Beethoven.

Quería, por último –y como despedida, también, de la escritura– rendir mis  homenajes: a Chejov, en la figura de “La Gaviota”, obra a representar; a Tolstoy, con mis guiños a “Ana Karenina”; a Jane Austen, en el final feliz y boda; y cómo no, a Cervantes, en la figura de doña Jovita de la Mancha.

Y saldadas las cuentas, uno se dedicaría a otras artes… O, tal vez, no. Porque, como se apunta en un monólogo dramático inédito –y que tal vez tengamos la oportunidad de oír aquí–: “¿Quién es capaz de detener a una pluma cuando ha descubierto su danza?”

La novela está en sus manos. Muchas gracias.