Chejov y Veronese

He reservado función para presenciar “Los hijos se han dormido” –extraño título–, que dice ser una versión contemporánea de “La Gaviota” de Chejov. La razón de mi interés no es otra que contemplar la escabechina que debe de haber hecho sobre nuestro clásico un director, autor –y no sé cuanto más– argentino que, en el oficio, cuenta con gran predicamento: el señor Veronese.

Daniel Veronese, en Barcelona. / TEJEDERAS

Origen:http://ccaa.elpais.com/ccaa/2012/06/06/andalucia/1339005403_596120.html

 

Antón Chejov.

Origen: http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/3/3a/Anton_Chekhov_with_pince-nez%2C_hat_and_bow-tie.jpg

Llevaba desconectado  del teatro unos cinco años, por lo que desconocía la existencia de tal director y autor que, al parecer, está reescribiendo la historia del teatro moderno, y sobre todo a Chejov: la presa más fácil –para simples–. “La Gaviota” ya no es “La Gaviota”, ahora cuenta con una hermana clonada de última generación, con nueva patente de registro bajo el nombre lustroso de “Los hijos se han dormido”. Título del cual el autor no sabe dar cuenta, sino que se le ocurrió, y ya está. Y no mencionaremos los que ha otorgado a otras versiones de los dramas de nuestro autor: Un hombre que se ahoga (“Tres Hermanas”) (2006) y “Espía a una mujer que se mata” (“Tío Vanya”) (2010)

Yo le proporcionaría un par de títulos más para un nuevo asalto a la propiedad del señor Chejov, ya sea en Yalta o Melikhovo: “Una liebre que se muerde la oreja” para “Platonov”; y “Una oreja que se muerde la liebre”  para  “El Jardín de los Cerezos” –las únicas piezas que le quedan por acribillar–, aunque ante esta última, al parecer, le ha entrado el canguelo (A Dios, gracias)

El asunto de los nombres parece más una tomadura de pelo al público que una manera de dar razón de sus “engendramientos” –la Academia recoja el vocablo–; no menos por tales han de tomarse los empeños –fijación teatral– en utilizar a nuestro autor cual carnaza para luego él “hamburguesearlo” a gusto, darlo nombre y marcarse como autor.

Pero como aún no he contemplado una pieza suya, y estoy hablando por referencias, vayamos al asunto de la relación extraña entre el director de marras –un Avellaneda cualquiera– y el autor-autor, nuestro Antón Chejov.

Quede por delante que para ciertos lectores y espectadores –escritores, también– Chejov es intocable: nos alimentamos en él, y tenemos por rito apacentarnos en sus dramas –y cuentos–  para seguir creyendo en la humanidad. Es más, diríamos, en una frase atrevida, que no se ha vuelto a escribir teatro desde Chejov –al menos, uno que nos llegue tan cerca– .

Y si no, ¿por qué se le representa tanto? Porque necesitamos de él; lo mismo que necesitamos de Jane Austen o de Tolstoy. Un Chejov digna –y exquisitamente– representado es una fiesta para la vista y el oído. Un día sentí el impulso de montar una compañía que sólo representase a Chejov –uno cada cuatro años, y vuelta–, pero para hacer el mejor Chejov, el que no palideciera ante rusos e ingleses, referencias obligadas en la puesta en escena.

Y aquí viene la historia. El señor Veronese dice adorar a Chejov:

(* Extraído de diferentes entrevistas)

“Porque lo leo y siento que me hubiese gustado escribirlo a mí.”

Entonces, para salir de frustraciones, se fusilan los textos, y uno se hace con un nombre en el olimpo de los creadores contemporáneos.

“La energía y la proyección de sus personajes son tan humanas que me hace quererlos a todos y a la vez despreciarlos (?)”

¿Cómo es posible quererlos y al mismo tiempo privarlos de su identidad, convirtiéndolos en títeres propios: haciéndoles decir lo que ellos callan –por ejemplo–? ¿No es eso despersonalizar?

“Es lo más parecido a la vida que he visto en teatro, lo más parecido a nuestra vida hoy…” Chejov sigue hablándole al hombre de ahora…” “ (Quiero) Ver lo que Chejov quiso decir y cómo lo diría ahora”.

En ese caso, ¿qué necesidad hay de mejorarlo, actualizarlo, reformularlo –apropiarse de él, en suma–, atreviéndose, incluso, a interpretar las intenciones del autor –sabemos lo puntilloso que era Chejov con sus textos–, y  autorizarse, más allá, a penetrar en su conciencia para decir –en lugar suyo– lo que Chejov debiera decir… O convenga a sus intereses y entendimientos de lo que es lo teatral: ni una sola vez se habla de “la palabra dramática”. Ésa sólo se encuentra en los textos de un autor.

Nunca me fui de Chejov. Me quedaría toda la vida”.

Fácil. Siga transformándolo. Por ejemplo, puede hacer en una próxima entrega –engendramiento– que los personajes de las cuatro obras –las grandes– se maten entre ellos, o que las Tres Hermanas se merienden al Tío Vanya con salsa de ostras; pero con Nina… –nuestra niña cara–, tenga una compasión, hágale subirse a un sauce, y ponga un arroyo de aguas límpidas –tachonadas de margaritas– por debajo…

Pero, cuando no conviene rendir palmas ante el autor –muy de los tiempos–, no existe menoscabo en exhibir arrogancias de “traditore”:

Siento que no puedo respetarlo 130 años después; yo hago teatro. Como hago teatro, me sirvo de él...” “El espectador también necesita recibir ese tesoro de otra manera“.

 (Sin comentarios)

Y…  una amenaza para los autores, a la manera de Frankestein que anduviese suelto por ahí, y del que debieran cuidarse, al correr el riesgo de que utilicen sus preciados “hijos del entendimiento” cual carnaza para más tarde hamburguesearlos, etc, etc:

“Me cuesta mucho, a veces, buscar autores que luego tengan la posibilidad de que yo los transforme. Agarro mis textos o clásicos, que sé que no me van a decir nada si los destrozo.”

Seguiremos, una vez contemplada “Los hijos se han dormido”, o “La Gaviota” servida en estofado.