“Hamlet” de Will Keen

Hamlet, de Will Keen

 

He asistido a la representación de un nuevo “Hamlet” en el teatro Arriaga

Sabía que nos iba a ser entregado en celofanes contemporáneos, por lo que presumía que habría de tratarse de una nueva adaptación “a los tiempos”, aligerando el texto de cierto discurseo retórico; en el caso menos malo… Tal vez se tratase –también– del mago que lograra un Shakespeare en castellano sin cargarse el tejido poético. No hay que inventarse un verso blanco –a la inglesa–, sino bucear en  la lengua y encontrar un tono y un ritmo, y con un poco de suerte –y usted cuenta con la maldición de ser poeta contemporáneo–, las palabras irán colocándose en su sitio para dar lugar a eso: un poema dramático en roman paladino… Ante el que enloquecería –de paso– Don Barca del Calderón, aquél del “Hipogrifo” y el “Infelice”, de tanta actualidad.

La sorpresa fue encontrarme con cuatro yupis –traje de corte, corbata, o vestido de muñeca– arrastrando maletas –La Renfe queda a un paso–, y la aparición de un Claudio sin voz al que le falló ya la segunda sílaba. Caí en la cuenta. Se trataba del director de la función –“impresionante actor shakesperiano”, según el servilismo de la crítica hispana–, y del que no se sabía por qué había sustituido al actor titular. Se veía que no dominaba el papel, o que las palabras se le desmandaban. Nos largó un discurso en spanglish (castellano con tonos ingleses) a cuento de no sé qué que sucedía en Noruega; en particular, a aquellos que esperábamos –al menos– un “Who is there! (¡Quién anda ahí!)” que nos pondría en situación.

Al poco, aparecieron unos reporteros isabelinos –supongo–, llenos de cámaras fotográficas y filmadoras, a quienes se dirigió el Claudio, presentándoles, a su vez, a doña Gertrudis, la madre casquivana del infante rabioso.

Aquello no tenía pies ni cabeza; dando la impresión de que los actores no se creyesen el papel, no se encontrasen el ser dramático, o estuvieran en esos momentos preguntándose qué pintaban ellos allí. Estas eventualidades –y otras del pelo– son la causa de que los actores no suenen convincentes.

El plato estaba servido; entre humaredas, avisos de que la próxima estación Chamartín, jarros de luz, una sempiterna pared negra de fondo –que crispaba los nervios–, el tráfico de sillas, y una voz apocalíptica que invadía el recinto contando penas de ultratumba, aunque parecía dirigirse al camisa negra, pidiéndole con voz cavernosa que matase al Claudio cuanto antes. Por no hablar de los paseos por el pasillo central, la ocupación de palcos, y bajadas de escaleras, en las que Ana Villa nos regaló con un atisbo de sus hermosas rodillas: a punto estuvo de tropezar…  Incluso una vez tuve la impresión –o imaginé– de que Hamlet y Ofelia se irían a tomar un café, o por qué no, aprovecharían cualquier rincón del hall para darse un achuchón; isabelino, sin duda.

Señor Keen, ¡si esos recursos están trasnochados!, y no crean otra cosa que revuelo y desasosiego entre el público, que estoicamente se preguntaba cuándo demonios comenzaría el Hamlet de Shakespeare, porque aquella charada… “¿no sería un entremés, o una gracia más de estos simpáticos directores contemporáneos?”

El texto, pasable. Unas veces seguía el original inglés al pie de la letra –demasiado–; otras se lanzaba a vuelos retóricos, cuando no caía en palabras próximas a lo vulgar: mucha  “puta”.

Y la gran pregunta: ¿Es posible aceptar un lenguaje cargado de retórica y disquisiciones filosóficas en unos individuos de traje impecable que parecían haber salido de una pasarela o de una junta de altos cargos? Si ustedes les visten de moderno, pónganles un lenguaje acorde con la cultura que se les supone y no hagan el ridículo. Claro, tendrían que reescribir la obra, y eso exige su enjundia. Y no se les ocurra llamar a los espectadores ignorantes por no saber leer el mensaje –que no tiene–, porque el teatro puede ser arte –para que ustedes lo destrocen a mandobles, cual odres de vino–, pero en nada moralizante y redentor de la humanidad.

¿A qué viene esa monserga de la transcendencia contemporánea, ante la que se retorcería de risa el mismísimo “Cisne de Stratford–Upon–Avon”? Si ustedes nos sirviesen el Hamlet en unas calzas de vellorí de lo más fino, sí habríamos de creernos lo de “Ninfa, en tus plegarias, ten presente mis pecados…”, o lo del “… ¡vete a un convento!”. ¿Que sentido tiene ahora que vestimos casi todos de ateo, y los conventos andan en ruinas –y en la ruina– con, a lo sumo, tres cuartos de monjita que no aceptaría a nuestra Ofelia sin dote, a no ser que entendiese de repostería o estuviese dispuesta a trabajar la huerta –coser, sabe–?

A media función, hubo que marcharse, porque, para muestra, era suficiente; preferible sumergirse en el texto, o visionar el Hamlet de Lawrence Oliver, porque el de Kenneth Branagh –por caso–: otro que tal baila.

¿Llegarán algún día los directores que sirvan al texto –lo hagan brillar en esplendor–, y en ello vean su grandeza? ¿O seguirán sirviéndose de ellos para montarse un espectáculo? ¿No acabará la vorágine de marcar a los clásicos con el hierro de su imagen de marca?

“Dadme una voz y cuatro candilejas, y os devolveré la faz reconocible del teatro” –se me ocurrió un día–. El teatro no necesita de más.