“Los hijos se han dormido” Embrollo e histeria

He asistido a la representación en el Teatro Arriaga de “Los hijos se han dormido”, supuesta versión moderna de La Gaviota de Chejov, y que con nombre tan absurdo ha cocinado y servido el señor Veronese.

(*Remito a la pre-crítica que hice en el blog. También podría echarse una ojeada a lo comentado a propósito del Hamlet de Will Keen)

Por suerte, el “engendramiento” se hace justicia a sí mismo, constituyéndose en refrito de un número indeterminado de situaciones y frases de la obra original, que podía haberse llamado con mayor propiedad “el arte de destrozar una obra maestra”; o también “una merluza a la brasa corre por el monte”, en el brillante intitular del autor.

¿Qué queda de La Gaviota? Un esquema argumental –lo más fácil de copiar; y lo más complejo de inventarse–, y unos nombres –que no personajes– que deambulan por la escena tratándose de idiotas, haciéndose declaraciones fuera de tono y lugar, y prodigándose caricias e insultos –a la par–, en los límites mismos del melodrama y lo patético.

La línea argumental es difícil de seguir si no se conoce la obra original. Ya en las primeras escenas, aparecen los actores revueltos, en vez de ser introducidos en la escena progresiva y pausadamente –como en el original– para que el espectador llegue a un primer entendimiento de su personalidad y función dramática.

La acción marcha a golpes, o tirones, por lo que las situaciones son imprevisibles, y las conductas de los personajes erráticas. No se ha cuidado de establecer la necesaria sintonía–empatía con el espectador. Esto, en el caso de Chejov, se logra a través de una red de sutilezas en el decir y comportarse que el señor Veronese no ha intuido –no será el primero–, o se ha saltado a la comba.

No se respeta en ningún caso la división en actos –que tiene su función dramática–, y en particular en el cuarto cuando se supone un lapso de dos años, por lo que el espectador se ve obligado a hacer cambalaches hasta encajar a los personajes en la nueva situación. El tiro de Konstantin sonó a petardo carnavalero, y la última escena –que cuenta con su pathos–, se solventó con un silencio de la madre, abandono de la escena, y apagón de luz.

El ritmo de la acción, trepidante, no entendiéndose en la mayor parte de los casos la razón ni la ocasión de las entradas y salidas. Si algo caracteriza a las obras de Chejov es el tempo, que debe ser marcado casi a metrónomo, ya que en función de él –unido a las intensidades de tono en las elocuciones– se logrará el esperado impacto emocional. Diríamos que se ha despojado a Chejov de lo más chejoviano. Sus dramas son poemas dramáticos en prosa: sinfonías donde no cabe eliminar compases, y menos introducir nuevos.

Los personajes han sido simplificados hasta el límite de parecer marionetas manejadas por una mano torpe. La madre se lleva la palma de la histeria, seguida de Masha; ambas, improvisando sandeces que desdicen de un personaje dramático mínimamente dibujado.

Tenía en mi contra que, al parecer, el señor Veronese hace un trabajo importante de actores, por lo que llegué a entender que, más allá de Chejov, podría tratarse de un drama bien construido y eficazmente llevado. Nada más lejos, en cuanto a la coherencia y credibilidad de la acción y el encaje de los personajes, cuyas actuaciones parecen la mayor parte de las veces improvisadas, como en serial de televisión.

Irina, la madre de nuestro Kontanstin, es esperpéntica, con un desequilibrio tal en los comportamientos, que son difíciles de imaginar los extremos entre los que se mueve: el desprecio del hijo y las ternezas de madre de sainete. Se trata, sin duda –en La Gaviota–, del personaje más complejo, al desenvolverse entre sentimientos encontrados de culpa, afectividad de madre, desapego del hijo y dependencias sentimentales de Trigorin. Se trata de un personaje que exige una diestra batuta. En este refrito, hace aguas.

Mascha, la enamorada de Konstantin –que para servidor es el personaje más interesante de La Gaviota–, es presentada como una cabra loca, y el comportamiento que tiene con el marido es incoherente y ridículo; por no hablar de la gratuidad de la exigencia de la bajada de pantalones en la escena. A los espectadores, se nos sirvió culo-culo –con sus témporas al aire y línea de demarcación–, mientras que a los actores les fue ofrecida la parte más sustanciosa: pelotas y pilila; en descansen armas –ha de de suponerse–, no estaba el momento –ni la parienta– como para que al pobre de Semion se le alegrase el cebollino.

Estas concesiones al mal gusto indican la escasa seriedad de los señores que manejan los hilos del teatro, al que ofenden una y otra vez, con el propósito único de demostrar la cortedad de sus inteligencias.

Nina –para acabar–, el personaje más entrañable de la Gaviota, es tratada, así mismo, como cabra montesca que no supiera andar sino es a saltos, con lo que aquello que dice en los momentos en que para quieta suena a hueco. Se trata del personajes más desperdiciado; y, sin duda, el más trágico de La Gaviota, seguido a cortos pasos por Mascha.

El teatro de Chejov es un teatro de mujeres. Son ellas las que mueven sus dramas, y por las que el autor siente una simpatía –y muestra una comprensión– desbordantes, a la altura de Tolstoy. Exceptuaríamos de la lista a la Lady Macbeth de Natalia Ivanovna en “Las tres hermanas”.

Los actores, en su tolidad, fueron dignos de mejor obra: una Gaviota en condiciones, que contribuiría de manera significativa a su curriculum. Hubo entrega y voz consistente –Malena Alterio, al parecer, andaba acatarrada–, y las subidas y bajadas de tono, así como las expresiones extemporáneas, prefiero achacarlas a la mala dirección –digan lo que digan los críticos–, y a las tiranías de un texto que suponía una camisa de fuerza para el actor que quisiera construirse un personaje coherente.

En conclusión, un estofado de gaviota torpemente cocinado y peor servido, aunque los camareros –actores– pusieran en ello su mejor hacer.