Bodegones o still lifes

Estas imágenes están tomadas más como apuntes y ejercicios, que como fotos acabadas –algunas, lo están–. El bodegón permite una libertad absoluta, y de ahí su dificultad.

En su mayoría, se trata de frutas y verduras en diversas combinaciones con vistas a resaltar la textura en unas; el color en otras; las líneas, en las de más allá.

El juego de luces es aquello que da vida a un bodegón. Luces naturales para las que es necesario esperar el momento. Aprender a controlar la luz y, por ende, descubrir la manera en que acaricia las formas es uno de los entretenimientos más sugestivos y baratos. La luz natural, además, siempre depara sorpresas; no es predecible, como la artificial, ya se trate de flashes, luces incandescentes, halógenas, etc…

Para servidor, lo mismo que la no manipulación de la imagen, el respeto a la luz natural constituye un elemento ético. En el bodegón y el retrato, en particular. Nos hemos acostumbrado de tal manera a la luz artificial que ya no acertamos a percibir su artificio; la confundimos, muchas veces, con la luz natural. Sólo hay que observar las intensidades y el modelado de las formas, aunque se haya disparado la batería mejor controlada de flashes. Es más, la luz natural da una profundidad a los objetos –no digamos a las miradas– que los otros medios no alcanzan.

Como ejercicio de recreo visual –es decir: puesta la cámara de la mente en disparo continuado–, la observación de la luz nos acerca a la esencia de las cosas –¿qué otra cosa son (somos) sino luz?–. Habrá que estudiar este fenómeno en el contexto de la literatura, desde la manzanita “endemoniada” de Eva –que nos ha traído aquí–, hasta los románticos que descubrieron estas cosas de las luces, las sombras, el espíritu, los paisajes del alma.

Las imágenes han sido tomadas, en su mayoría, con un objetivo Canon macro 100mm.